02 noviembre 2006

Caminantes y Peregrinos ...adelante

Queridos Jóvenes : Ya hemos caminado casi un año, nuevas experiencias anidan en nosotros, cada una de ellas nos ayudan a crecer y fortalecer nuestra FE. Recordamos cada uno de nuestros encuentros donde hemos ido aumentando nuestro conocimiento sobre Jesús, hoy lo reconocemos como nuestro hermano mayor y en su palabra hemos descubierto el camino que nos lleva al Padre.
También, vivenciamos experiencias del encuentro personal de Jesús a través de nuestro prójimo. La visita al Hogar de Ancianos de la Fundación Las Rosas, nos hizo ver que hay quienes nos necesitan y que mucho podemos dar solo con escuchar , sonreir y sobre todo acompañar en nombre del señor. La caminata al Santuario de San Alberto Hurtado, nos ayudo a comprender que somos Iglesia que peregrina hacia el encuentro definitivo con Dios... hoy nos preparamos para seguir creciendo y madurando en nuestro Amor y Fidelidad a Jesucristo y la Iglesia.
Para Reflexionar:

Joven Sigue adelante...

Siempre ten presente que: la piel se arruga, el pelo se vuelve blanco, los días se convierten en años; pero lo importante no cambia, tu fuerza y tu convicción no tienen edad. Tu espíritu es el plumero de cualquier tela de araña. Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida.Detrás de cada logro, hay otro desafío.Mientras estés vivo, siéntete vivo.Si extrañas lo que hacías vuelve a hacerlo.No vivas de fotos amarillas. Sigue aunque todos esperen que abandones.No dejes que se oxide el hierro que hay en ti.Haz que en vez de lástima, te tengan respeto.Cuando por los años no puedas correr, trota.Cuando no puedas trotar, camina.Cuando no puedas caminar, usa el bastón...¡pero NUNCA te detengas!
Madre Teresa de Calcuta

22 agosto 2006

El legado de San Alberto


El Padre Alberto Hurtado, entre muchos escritos y reflexiones que dejó a lo largo de su vida, escribió estas dos, durante el mes de Noviembre de 1947. Reflexiones, que a pesar de los años transcurridos, siguen teniéndo gran relevancia en nuestros días.
Los dejo con sus palabras y con una pregunta que él se hacía diariamente "¿Qué haría Cristo si estuviera en mi lugar?", los invito a que también nos hagamos esta pregunta y trabajemos al servicio de los demás, como el propio San Alberto lo hizo.

¿A Quiénes Amar?

¿A quiénes amar? A todos mis hermanos de humanidad. Sufrir con sus fracasos, con sus miserias, con la opresión de que son víctima. Alegrarme de sus alegrías. Comenzar por traer de nuevo a mi espíritu todos aquellos a quienes he encontrado en mi camino: Aquellos de quienes he recibido la vida, quienes me han dado la luz y el pan. Aquellos con los cuales he compartido techo y pan. Los que he conocido en mi barrio, en mi colegio, en la universidad, en el cuartel, en mis años de estudio, en mi apostolado... Aquellos a quienes he combatido, a quienes he causado dolor, amargura, daño... A todos aquellos a quienes he socorrido, ayudado, sacado de un apuro... Los que me han contrastado, me han despreciado, me han hecho daño. Aquellos que he visto en los conventillos, en los ranchos, debajo de los puentes. Todos esos cuya desgracia he podido adivinar, vislumbrar su inquietud. Todos esos niños pálidos de caritas hundidas... Esos tísicos de San José, los leprosos de Fontilles... Todos los jóvenes que he encontrado en un círculo de estudios... Aquellos que me han enseñado con los libros que han escrito, con la palabra que me han dirigido. Todos los de mi ciudad, los de mi país, los que he encontrado en Europa, en América... Todos los del mundo: son mis hermanos.

El que se da, Crece

Comienza por darte. El que se da, crece. Pero no hay que darse a cualquiera, ni por cualquier motivo, sino a lo que vale verdaderamente la pena: Al pobre en la desgracia, a esa población en la miseria, a la clase explotada, a la verdad, a la justicia, a la ascensión de la humanidad, a toda causa grande, al bien común de su nación, de su grupo, de toda la humanidad; a Cristo que recapitula estas causa en sí mismo, que las contiene, que las purifica, que las eleva; a la Iglesia, mensajera de la luz, dadora de vida, libertadora; a Dios, a Dios en plenitud, sin reserva, porque es el bien supremo de la persona, y el supremo Bien Común. Cada vez que me doy así, sacrificando de lo mío, olvidándome de mí, yo adquiero más valor, un ser más pleno.

19 julio 2006

Ser padres de adolescentes, hoy



Tema 1: ¿Qué expresan los cambios y conductas adolescentes?

Si tuviéramos que definir la adolescencia diríamos que: “es la etapa donde los padres se vuelven insoportables e incomprensibles”. Eso diría uno de nuestros hijos.
En la adolescencia nuestros hijos experimentan cambios de orden racional, donde su conducta se torna inexplicable para nosotros. Nos desconcierta, mientras ellos están en la búsqueda de su identidad tratando de superar crisis, timidez, etc. Esta etapa responde a los cambios hormonales que está experimentando el joven y que lo vuelven confuso frente a la expresión de sus ideas, agresivo frente a la manifestación de sus emociones, vacilante frente a la toma de decisiones, se torna profundamente inseguro, lo que genera en él y en ella una gran angustia y desconcierto frente a sí mismo. Por tanto padres véanse como a sus hijos para poder comprenderlos.

El adolescente no sabe dilucidar, no sabe por dónde salir ante un problema, él piensa: “no seré yo quien está tapando la luz, que no tengo”, se siente frente a un círculo, no avanza, no puede resolver lo que le pasa, no encuentra respuestas, perdura su sensación de extrañeza… La niña se siente insegura, tonta, estúpida, imbécil y como nadie puede saberlo, lo escribe en su diario y se desahoga. El niño en cambio, se encierra en su pieza y se abstrae del mundo. Él piensa que se le vienen cosas a la cabeza, de ese mundo que es extraño, dice: ¡qué lata esta vida¡ Menos mal que tengo amigos y amigas. Ambos no se sienten entendidos por sus padres, expresan: “¡Nunca puedo hacer lo que quiero!, ¡los que no saben son ellos!, ¡todo me sale mal, siempre me critican y me critican!”
Los adolescentes viven en un punto de cambio constante y ellos necesitan tener barreras protectoras frente a las posibilidades de su actuar, y lo esperan de nosotros, sus padres. Sus urgencias radican en ciertas necesidades, tales como: Ellos necesitan los límites, porque necesitan que se les señale el camino para poder ver claro su ruta y calmar su alma. Nuestros hijos necesitan arreglar los conflictos conversando, porque necesitan entenderse. Buscan equilibrio aparentando ser maduros, pero no les resulta porque tienen un cause natural a perderse.
Los adolescentes no tienen de donde afirmarse, temen a los retos, a los castigos, buscan libros que les permitan conocerse, se han vuelto terriblemente inseguros, no saben como reafirmar sus acciones por falta de autonomía y criterio propios, quieren actuar con los criterios de los adultos … están buscando los criterios de sus padres. Para un adolescente lo mejor es ser enemigo de todo lo que los padres dicen. En la búsqueda de su propia identidad se oponen a todo lo que… sus padres les dicen, sugieren o dictaminan, pero paradójicamente son los borradores e imitadores de sus padres .
Cuando sus hijos les pidan hablar es porque necesitan dialogar con ustedes, buscan abrir lazos que los conecte a sus padres, porque necesitan encajar sus opiniones sobre sus gustos y relacionarlos con su entorno familiar, por tanto démosles tiempo para escucharlos, para compartir con ellos nuestras opiniones y nuestros gustos porque desde ahí él y ella estructuran su ser personal. Parecen arrogantes, pero son tímidos, porque se subestiman y se sienten inseguros, tienen faltas de tino, buscan sobresalir en algo, piensan: “Quiero que mis padres se sientan orgullosos de mí: ¿cómo lo hago?, ¿cómo lo logro?”
El adolescente experimenta vacíos de sentido, se sienten haciendo el ridículo, por esta razón se llaman acomplejados, dicen de sí mismos: “!no sirvo para nada, nunca le achunto, con razón me critican¡” Ellos no se conocen, por eso quieren saber qué necesitan para realizarse, quieren conocer sus propios gustos y debilidades, quieren encontrar su felicidad . Una adolescente escribió una vez en su diario: “esta es la edad en que una se vuelve contra sí misma” sin duda este es una adolescente definida por sí misma.
Los adolescentes no se ponen de acuerdo con los adultos porque no quieren subordinarse, no entienden la palabra NO, siempre quieren tener la última palabra , esa es la tensión de relación que tienen con sus padres y el mundo adulto en general, pero quieren fortalecerse haciendo cosas buenas, a pesar de esto no logran comprenderse y por eso necesitan a sus padres mucho más de lo que creemos.

Tema 2: Acompañar a los adolescentes en la conquista de su madurez

Los adolescentes necesitan dialogar y para poder dialogar con un adolescente de su intimidad, debe haberse iniciado antes. Se debió ir tocando, junto a ellos, todos los temas de la vida, aún cuando eran niños. Oportunamente se debe tratar con ellos estos temas: La sexualidad, la convivencia, la muerte, el amor, la verdad, entre otros; de lo contrario los tocarán con otras personas menos fiables. La palabra tiene la capacidad de expresar la intimidad, la palabra esclarece y resuelve la expresión más íntima. El diálogo con los hijos necesita de las siguientes cualidades:
Estar calmado antes de iniciar un diálogo, éste debe ser oportuno. Cuando se genera esta relación los hijos encuentran la razón a sus padres, es distinto el diálogo en tiempo de paz, es más razonado y enriquecedor para ambos. Los padres deben pensar con tiempo el encuentro con los hijos y buscar el momento propicio.
¿De qué se dialoga con los hijos?
De sus proyectos, de sus amigos, de sus alegrías y fracasos, de sus estudios, de lo que esperan de sí. De esta forma se llega al fondo de la intimidad, salen las bondades y las basuras.
Jamás los padres se han de escandalizar por lo que sus hijos dicen, escucharlos y orientarlos: ¿es adecuado pensar así?, frente a sus ideas y opiniones, hacerlos razonar del fondo de su contenido, de su proyección para la vida, ayudarlos a ver la luz.
El diálogo es la instancia para decirles a los hijos que se les quiere mucho, por tanto debe ser un momento atendido con cuidado. Es un momento donde los padres expresen su interés por los hijos, una actitud de estar dispuestos a dedicarles tiempo, ellos lo perciben como un regalo.
El diálogo con los padres se vuelve necesario por el desorden interno que tienen, no son capaces de transferir los aprendizajes a situaciones de conflicto. Por tanto, se les debe dar seguridad y confianza, lo que significa mantener una vigilancia de amor que es mediática.
Enseñarles a sacar experiencias de lo que se vive, lo que significa darles una nueva oportunidad para enfrentar lo que se vive, en vez de sancionarlos por lo que no hacen bien.
Confiar en ellos es dejarlos opinar, es dar crédito a su capacidad para salir adelante, cuando el hijo entiende que se le da confianza se vuelve responsable, es su forma de agradecer a sus padres, se siente más útil. Se desarrolla su autoestima.
Debemos ayudar a nuestros hijos a conocerse en la verdad y comprenderse, lo hacemos cuando valoramos sus esfuerzos por conducir sus emociones, cuando lo apoyamos para que aproveche sus fortalezas, acepte sus debilidades y lo ayudamos a superarlas…¡Siempre se puede más!

Los enemigos de la comunicación:
La burla y la ironía son elementos que dañan la interrelación entre padres e hijos, no es posible que ellos la soporten, les causa un trance doloroso.
Rencor, es un sentimiento que no debe existir jamás de parte de los padres hacia sus hijos. Los padres tienen la capacidad para superar el conflicto con comprensión. La persona rencorosa se debilita y hace sufrir al otro.
Los hijos, a veces, adquieren la actitud rencorosa, su propósito es demostrar a sus padres que se la pueden solos y no los necesitan. Ahí debemos estar dispuestos a acogerlos cuando vuelvan a nosotros arrepentidos y con dolor.
Evitar la falta de respeto con nuestros hijos. Éstas son los gritos, los insultos, las descalificaciones y las frases hirientes.
Como padres debemos aprender a no ofuscarnos: “tú eres el adulto maduro”. Cuando hemos faltado el respeto a nuestros hijos debemos ser capaces de pedir perdón: “perdón hijo fui injusto contigo”, esto hace que la figura del padre y la madre se reconstruya ante los ojos del hijo.

Rebeldía y paciencia:
La rebeldía tiene una consecuencia en la carencia de diálogo. Esta es una subordinación a la autoridad. Es generacional y le es propia al adolescente.
La rebeldía genera actitudes como participar en pandillas, mentir para ostentar que es capaz de manejarse a sí mismo y no necesita a sus padres, busca no parecer menos que los demás. Por eso es importante en este período conocer a sus amigos, saber quiénes son, qué hacen .
La mejor batalla contra la rebeldía es cuando los padres se han ganado la confianza de los hijos y éstos les responden con obediencia y responsabilidad.


Reflexión para padres: ¿ cómo ayudar a nuestros hijos a pasar esta etapa para hacerla lo menos conflictiva posible?

Sabemos que ser padres no es tarea fácil, que nadie enseña a serlo, pero estas palabras sólo quieren ser un aporte para apoyar tu misión de ser padre y madre. Hoy la familia sufre divisiones y conflictos, es hora que "hagamos de nuestros hogares un lugar luminoso y alegre" (San José María Escrivá) para el desarrollo sano de toda nuestra familia.
Recuerden que “la familia que reza unida permanece unida”.

19 mayo 2006

¿Qué es Pentecostés?

Fiesta de Pentecostés. Originalmente se denominaba “fiesta de las semanas” y tenía lugar siete semanas después de la fiesta de los primeros frutos (Lv 23 15-21; Dt 169). Siete semanas son cincuenta días; de ahí el nombre de Pentecostés (cincuenta) que recibió más tarde. Según Ex 34, 22 se celebraba al término de la cosecha de la cebada y antes de comenzar la del trigo; era una fiesta movible pues dependía de cuándo llegaba cada año la cosecha a su sazón, pero tendría lugar casi siempre durante el mes judío de Siván, equivalente a nuestro Mayo/Junio. En su origen tenía un sentido fundamental de acción de gracias por la cosecha recogida, pero pronto se le añadió un sentido histórico: se celebraba en esta fiesta el hecho de la alianza y el don de la ley.
En el marco de esta fiesta judía, el libro de los Hechos coloca la efusión del Espíritu Santo sobre los apóstoles (Hch 2 1.4). A partir de este acontecimiento, Pentecostés se convierte también en fiesta cristiana de primera categoría (Hch 20 16; 1 Cor 168).
(Vocabulario Bíblico de la Biblia de América)
Comisión Nacional de Pastoral Bíblica

PENTECOSTÉS, algo más que la venida del Espíritu Santo
La fiesta de Pentecostés es uno de los Domingos más importantes del año, después de la Pascua. En el Antiguo Testamento era la fiesta de la cosecha y, posteriormente, los israelitas, la unieron a la Alianza en el Monte Sinaí, cincuenta días después de la salida de Egipto.
Aunque durante mucho tiempo, debido a su importancia, esta fiesta fue llamada por el pueblo segunda Pascua, la liturgia actual de la Iglesia, si bien la mantiene como máxima solemnidad después de la festividad de Pascua, no pretende hacer un paralelo entre ambas, muy por el contrario, busca formar una unidad en donde se destaque Pentecostés como la conclusión de la cincuentena pascual. Vale decir como una fiesta de plenitud y no de inicio. Por lo tanto no podemos desvincularla de la Madre de todas las fiestas que es la Pascua.
En este sentido, Pentecostés, no es una fiesta autónoma y no puede quedar sólo como la fiesta en honor al Espíritu Santo. Aunque lamentablemente, hoy en día, son muchísimos los fieles que aún tienen esta visión parcial, lo que lleva a empobrecer su contenido.
Hay que insistir que, la fiesta de Pentecostés, es el segundo domingo más importante del año litúrgico en donde los cristianos tenemos la oportunidad de vivir intensamente la relación existente entre la Resurrección de Cristo, su Ascensión y la venida del Espíritu Santo.
Es bueno tener presente, entonces, que todo el tiempo de Pascua es, también, tiempo del Espíritu Santo, Espíritu que es fruto de la Pascua, que estuvo en el nacimiento de la Iglesia y que, además, siempre estará presente entre nosotros, inspirando nuestra vida, renovando nuestro interior e impulsándonos a ser testigos en medio de la realidad que nos corresponde vivir.

Eduardo Cáceres Contreras

06 mayo 2006

Mensaje de Benedicto XVI a los jóvenes

Encuentro Mundial de Jóvenes.
Colonia, Alemania 2005
Queridos jóvenes: Es una dicha encontrarme con vosotros aquí, en Colonia, a orillas del Rhin. Habéis venido desde varias partes de Alemania, de Europa, del mundo, haciéndoos peregrinos tras los Magos de Oriente. Siguiendo sus huellas, queréis descubrir a Jesús. Habéis aceptado emprender el camino para llegar también vosotros a contemplar, personal y comunitariamente, el rostro de Dios manifestado en el niño acostado en el pesebre. Como vosotros, también yo me he puesto en camino para, con vosotros, arrodillarme ante la blanca Hostia consagrada, en la que los ojos de la fe reconocen la presencia real del Salvador del mundo. Todos juntos seguiremos meditando sobre el tema de esta Jornada Mundial del Juventud: «Venimos a adorarlo» (Mt 2,2).
Os saludo y os recibo con inmensa alegría, queridos jóvenes, tanto si venís de cerca como de lejos, caminando por las sendas del mundo y los derroteros de vuestra vida. Saludo particularmente a los que han venido de Oriente, como los Magos. Representáis a las incontables muchedumbres de nuestros hermanos y hermanas de la humanidad que esperan, sin saberlo, que aparezca en su cielo la estrella que los conduzca a Cristo, Luz de las Gentes, para encontrar en Él la respuesta que sacie la sed de sus corazones. Saludo con afecto también a los que estáis aquí y no habéis recibido el bautismo, a los que no conocéis todavía a Cristo o no os reconocéis en la Iglesia. Precisamente a vosotros os invitaba de modo particular a este encuentro el Papa Juan Pablo II; os agradezco que hayáis decidido venir a Colonia. Alguno de vosotros podría tal vez identificarse con la descripción que Edith Stein hizo de su propia adolescencia, ella, que vivió después en el Carmelo de Colonia: «Había perdido conscientemente y deliberadamente la costumbre de rezar». Durante estos días podréis recobrar la experiencia vibrante de la oración como diálogo con Dios, del que sabemos que nos ama y al que, a la vez, queremos amar. Quisiera decir a todos insistentemente: abrid vuestro corazón a Dios, dejad sorprenderos por Cristo. Dadle el «derecho a hablaros» durante estos días. Abrid las puertas de vuestra libertad a su amor misericordioso. Presentad vuestras alegrías y vuestras penas a Cristo, dejando que Él ilumine con su luz vuestra mente y acaricie con su gracia vuestro corazón. En estos días benditos de alegría y deseo de compartir, haced la experiencia liberadora de la Iglesia como lugar de la misericordia y de la ternura de Dios para con los hombres. En la Iglesia y mediante la Iglesia llegaréis a Cristo que os espera.
A llegar hoy a Colonia para participar con vosotros en la XX Jornada Mundial de la Juventud, me surge espontáneamente el recuerdo emocionado y agradecido del Siervo de Dios, tan querido por todos nosotros, Juan Pablo II, que tuvo la idea brillante de convocar a los jóvenes de todo el mundo para celebrar juntos a Cristo, único Redentor del género humano. Gracias al diálogo profundo que se ha desarrollado durante más de veinte años entre el Papa y los jóvenes, muchos de ellos han podido profundizar la fe, establecer lazos de comunión, apasionarse por la Buena Nueva de la salvación en Cristo y proclamarla en muchas partes de la tierra. Este gran Papa ha sabido entender los desafíos que se presentan a los jóvenes de hoy y, confirmando su confianza en ellos, no ha dudado en incitarlos a proclamar con valentía el Evangelio y ser constructores intrépidos de la civilización de la verdad, del amor y de la paz. Ahora me corresponde a mí recoger esta extraordinaria herencia espiritual que nos ha dejado el Papa Juan Pablo II. Él os ha querido, vosotros le habéis entendido y habéis correspondido con el entusiasmo de vuestra edad. Ahora, todos juntos tenemos el cometido de llevar a la práctica sus enseñanzas. Con este compromiso estamos aquí, en Colonia, peregrinos tras las huellas de los Magos. Según la tradición, en griego sus nombres eran Melchor, Gaspar y Baltasar. Mateo refiere en su Evangelio la pregunta que ardía en el corazón de los Magos: «¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido?» (Mt 2, 2). Su búsqueda era el motivo por el cual emprendieron el largo viaje hasta Jerusalén. Por eso soportaron fatigas y sacrificios, sin ceder al desaliento y a la tentación de volver atrás. Ésta era la única pregunta que hacían cuando estaban cerca de la meta. También nosotros hemos venido a Colonia porque hemos sentido en el corazón, si bien de forma diversa, la misma pregunta que inducía a los hombres de Oriente a ponerse en camino. Es cierto que hoy no buscamos ya a un rey; pero estamos preocupados por la situación del mundo y preguntamos: ¿Dónde encuentro los criterios para mi vida; dónde los criterios para colaborar de modo responsable en la edificación del presente y del futuro de nuestro mundo? ¿De quién puedo fiarme; a quién confiarme? ¿Dónde está aquél que puede darme la respuesta satisfactoria a los anhelos del corazón? Plantearse dichas cuestiones significa reconocer, ante todo, que el camino no termina hasta que se ha encontrado a Quien tiene el poder de instaurar el Reino universal de justicia y paz, al que los hombres aspiran, aunque no lo sepan construir por sí solos. Hacerse estas preguntas significa además buscar a Alguien que ni se engaña ni puede engañar, y que por eso es capaz de ofrecer una certidumbre tan firme, que merece la pena vivir por ella y, si fuera preciso, también morir por ella.
Cuando se perfila en el horizonte de la existencia una respuesta como ésta, queridos amigos, hay que saber tomar las decisiones necesarias. Es como alguien que se encuentra en una bifurcación: ¿Qué camino tomar? ¿El que sugieren las pasiones o el que indica la estrella que brilla en la conciencia? Los Magos, una vez que oyeron la respuesta «en Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta» (Mt 2,5), decidieron continuar el camino y llegar hasta el final, iluminados por esta palabra. Desde Jerusalén fueron a Belén, es decir, desde la palabra que les había indicado dónde estaba el Rey de los Judíos que buscaban, hasta el encuentro con aquel Rey, que es al mismo tiempo el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. También a nosotros se nos dice aquella palabra. También nosotros hemos de hacer nuestra opción. En realidad, pensándolo bien, ésta es precisamente la experiencia que hacemos en la participación en cada Eucaristía. En efecto, en cada Misa, el encuentro con la Palabra de Dios nos introduce en la participación del misterio de la cruz y resurrección de Cristo y de este modo nos introduce en la Mesa eucarística, en la unión con Cristo. En el altar está presente al que los Magos vieron acostado entre pajas: Cristo, el Pan vivo bajado del cielo para dar la vida al mundo, el verdadero Cordero que da su propia vida para la salvación de la humanidad. Iluminados por la Palabra, siempre es en Belén – la «Casa del pan» – donde podremos tener ese encuentro sobrecogedor con la indecible grandeza de un Dios que se ha humillado hasta el punto hacerse ver en el pesebre y de darse como alimento sobre el altar. ¡Podemos imaginar el asombro de los Magos ante el Niño en pañales! Sólo la fe les permitió reconocer en la figura de aquel niño al Rey que buscaban, al Dios al que la estrella les había guiado. En Él, cubriendo el abismo entre lo finito y lo infinito, entre lo visible y lo invisible, el Eterno ha entrado en el tiempo, el Misterio se ha dado a conocer, mostrándose ante nosotros en los frágiles miembros de un niño recién nacido. «Los Magos están asombrados ante lo que allí contemplan: el cielo en la tierra y la tierra en el cielo; el hombre en Dios y Dios en el hombre; ven encerrado en un pequeñísimo cuerpo aquello que no puede ser contenido en todo el mundo» (San Pedro Crisólogo, Serm. 160,2). Durante estas jornadas, en este «Año de la Eucaristía», contemplaremos con el mismo asombro a Cristo presente en el Tabernáculo de la misericordia, en el Sacramento del altar.
Queridos jóvenes, la felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho de saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret, oculto en la Eucaristía. Sólo Él da plenitud de vida a la humanidad. Decid, con María, vuestro «sí» al Dios que quiere entregarse a vosotros. Os repito hoy lo que he dicho al principio de mi pontificado: « Quien deja entrar a Cristo [en la propia vida] no pierde nada, nada – absolutamente nada – de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera» (Homilía en el solemne inicio del ministerio petrino, 24 abril 2005). Estad plenamente convencidos: Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y grande en vosotros, sino que lleva todo a la perfección para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mundo. Os invito a que os esforcéis estos días a servir sin reservas a Cristo, cueste lo que cueste. El encuentro con Jesucristo os permitirá gustar interiormente la alegría de su presencia viva y vivificante, para testimoniarla después en vuestro entorno. Que vuestra presencia en esta ciudad sea el primer signo de anuncio del Evangelio mediante el testimonio de vuestro comportamiento y alegría de vivir. Hagamos surgir de nuestro corazón un himno de alabanza y acción de gracias al Padre por tantos bienes que nos ha dado y por el don de la fe que celebraremos juntos, manifestándolo al mundo desde esta tierra del centro de Europa, de una Europa que debe mucho al Evangelio y a los que han dado testimonio de él a lo largo de los siglos.
Ahora me haré peregrino hacia la catedral de Colonia para venerar allí las reliquias de los santos Magos, que decidieron abandonar todo para seguir la estrella que los condujo al Salvador del género humano. También vosotros, queridos jóvenes, habéis tenido o tendréis ocasión de hacer la misma peregrinación. Estas reliquias no son más que el signo frágil y pobre de lo que ellos fueron y vivieron hace tantos siglos. Las reliquias nos conducen a Dios mismo; en efecto, es Él quien, con la fuerza de su gracia, da a seres frágiles la valentía de testimoniarlo ante el mundo. Cuando la Iglesia nos invita a venerar los restos mortales de los mártires y de los santos, no olvida que, en definitiva, se trata de pobres huesos humanos, pero huesos que pertenecían a personas en las que se ha posado la potencia trascendente de Dios. Las reliquias de los santos son huellas de la presencia invisible pero real que ilumina las tinieblas del mundo, manifestando el Reino de los cielos que habita dentro de nosotros. Ellas proclaman, con nosotros y por nosotros: «Maranatha» – «Ven, Señor Jesús». Queridos, con estas palabras os saludo y os cito para la vigilia del sábado por la tarde. A todos, ¡hasta luego!

12 abril 2006

Bienvenid@s


Les damos la bienvenida al blog de la Pastoral Juvenil de la Capilla Natividad del Señor.
Queremos que este sea un punto de encuentro entre ustedes y nosotros (sus animadores).