02 noviembre 2006

Caminantes y Peregrinos ...adelante

Queridos Jóvenes : Ya hemos caminado casi un año, nuevas experiencias anidan en nosotros, cada una de ellas nos ayudan a crecer y fortalecer nuestra FE. Recordamos cada uno de nuestros encuentros donde hemos ido aumentando nuestro conocimiento sobre Jesús, hoy lo reconocemos como nuestro hermano mayor y en su palabra hemos descubierto el camino que nos lleva al Padre.
También, vivenciamos experiencias del encuentro personal de Jesús a través de nuestro prójimo. La visita al Hogar de Ancianos de la Fundación Las Rosas, nos hizo ver que hay quienes nos necesitan y que mucho podemos dar solo con escuchar , sonreir y sobre todo acompañar en nombre del señor. La caminata al Santuario de San Alberto Hurtado, nos ayudo a comprender que somos Iglesia que peregrina hacia el encuentro definitivo con Dios... hoy nos preparamos para seguir creciendo y madurando en nuestro Amor y Fidelidad a Jesucristo y la Iglesia.
Para Reflexionar:

Joven Sigue adelante...

Siempre ten presente que: la piel se arruga, el pelo se vuelve blanco, los días se convierten en años; pero lo importante no cambia, tu fuerza y tu convicción no tienen edad. Tu espíritu es el plumero de cualquier tela de araña. Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida.Detrás de cada logro, hay otro desafío.Mientras estés vivo, siéntete vivo.Si extrañas lo que hacías vuelve a hacerlo.No vivas de fotos amarillas. Sigue aunque todos esperen que abandones.No dejes que se oxide el hierro que hay en ti.Haz que en vez de lástima, te tengan respeto.Cuando por los años no puedas correr, trota.Cuando no puedas trotar, camina.Cuando no puedas caminar, usa el bastón...¡pero NUNCA te detengas!
Madre Teresa de Calcuta

22 agosto 2006

El legado de San Alberto


El Padre Alberto Hurtado, entre muchos escritos y reflexiones que dejó a lo largo de su vida, escribió estas dos, durante el mes de Noviembre de 1947. Reflexiones, que a pesar de los años transcurridos, siguen teniéndo gran relevancia en nuestros días.
Los dejo con sus palabras y con una pregunta que él se hacía diariamente "¿Qué haría Cristo si estuviera en mi lugar?", los invito a que también nos hagamos esta pregunta y trabajemos al servicio de los demás, como el propio San Alberto lo hizo.

¿A Quiénes Amar?

¿A quiénes amar? A todos mis hermanos de humanidad. Sufrir con sus fracasos, con sus miserias, con la opresión de que son víctima. Alegrarme de sus alegrías. Comenzar por traer de nuevo a mi espíritu todos aquellos a quienes he encontrado en mi camino: Aquellos de quienes he recibido la vida, quienes me han dado la luz y el pan. Aquellos con los cuales he compartido techo y pan. Los que he conocido en mi barrio, en mi colegio, en la universidad, en el cuartel, en mis años de estudio, en mi apostolado... Aquellos a quienes he combatido, a quienes he causado dolor, amargura, daño... A todos aquellos a quienes he socorrido, ayudado, sacado de un apuro... Los que me han contrastado, me han despreciado, me han hecho daño. Aquellos que he visto en los conventillos, en los ranchos, debajo de los puentes. Todos esos cuya desgracia he podido adivinar, vislumbrar su inquietud. Todos esos niños pálidos de caritas hundidas... Esos tísicos de San José, los leprosos de Fontilles... Todos los jóvenes que he encontrado en un círculo de estudios... Aquellos que me han enseñado con los libros que han escrito, con la palabra que me han dirigido. Todos los de mi ciudad, los de mi país, los que he encontrado en Europa, en América... Todos los del mundo: son mis hermanos.

El que se da, Crece

Comienza por darte. El que se da, crece. Pero no hay que darse a cualquiera, ni por cualquier motivo, sino a lo que vale verdaderamente la pena: Al pobre en la desgracia, a esa población en la miseria, a la clase explotada, a la verdad, a la justicia, a la ascensión de la humanidad, a toda causa grande, al bien común de su nación, de su grupo, de toda la humanidad; a Cristo que recapitula estas causa en sí mismo, que las contiene, que las purifica, que las eleva; a la Iglesia, mensajera de la luz, dadora de vida, libertadora; a Dios, a Dios en plenitud, sin reserva, porque es el bien supremo de la persona, y el supremo Bien Común. Cada vez que me doy así, sacrificando de lo mío, olvidándome de mí, yo adquiero más valor, un ser más pleno.